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ISSN 1989-4163

NUMERO 42 - ABRIL 2013

Tribulaciones de un Miriñaque (I)

Leticia García

Tribulación 1: La sucesión del diseñador. Qué movida

Primero te indignas. O dudas. Después empiezas a establecer comparaciones (normalmente a peor) Un año y medio después, te acostumbras. Te gusta más o menos que antes, pero ya no tienes los ojos puestos en él porque ahora es momento de fijarse en otro.


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De un tiempo a esta parte, los directores creativos de las firmas más prestigiosas cambian tan rápido que hasta parece que el discurso en torno a la moda se reduce a eso; a averiguar quién dirige qué, quién se ha marchado a dónde, quién sucederá a quién.

La moda se está mostrando cada vez más como la industria que es. Desde que las maisons más prestigiosas fueran compradas por grandes conglomerados, la progresión hacia la gestión empresarial en detrimento de la individualidad del creador es cada vez más notable. No obstante, servidora cree que si la sucesión vertiginosa nos parece tan polémica (e incuso decepcionante en ocasiones) es porque hay un abismo irreconciliable entre las acciones que se llevan a cabo en la industria de la moda y el discurso que ella misma intenta establecer.
A principios de los ’70, cuando los grandes nombres de la moda estaban muriendo, acababan de morir o cada vez se hacía más evidente que no iban a vivir eternamente, el sociólogo Pierre Bourdieu escribió “Alta Cultura, Alta Costura”, un texto clave para entender el funcionamiento social de la Moda por muchos motivos. Entre ellos, el problema que se plantea al reemplazar al creador/fundador de una marca de moda:

“El campo de la moda es muy interesante porque ocupa una posición intermedia (por supuesto, en un espacio teórico abstracto) entre un campo hecho para organizar una sucesión, como es el campo de la burocracia, en el que es necesario que los agentes sean por definición intercambiables, y un campo donde las personas son radicalmente insustituibles, como es el de la creación artística y literaria”
En resumidas cuentas: para que una firma, un logo o un iconito concreto sean deseables, a la marca se la debe equiparar de algún modo con la firma de un artista (socialmente reconocida, exclusiva, individual y de alto valor estético) pero las marcas de moda son, en el fondo, productos mejor o peor gestionados por una empresa. Cuando hablamos de la moda como un “arte aplicada” estamos, en realidad, resumiendo en esta expresión que los desfiles de Alta Costura sirven para vender colonias o gafas de sol y que por muy onírica o transgresora que sea una colección, si no vende, probablemente el siguiente paso sea el despido de su diseñador, da igual que haya sido merecedora de críticas maravillosas.

Cuando Coco Chanel murió, todas estas tensiones quedaron en evidencia. Nunca un creador estuvo tan ligado personalmente a sus creaciones. Chanel era marca y personajes, es más, personaje uniformado y completamente reconocible. ¿Y alguien se acuerda de Gasthon Berthelot? No, ¿verdad? Se dice que “no estuvo a la altura”, lo que sin eufemismos de por medio sería algo así como: Coco era tan carismática que copiar en bucle sus prendas era casi un plagio y una labor que cualquiera podría hacer, pero diseñar e innovar era una blasfemia contra el legado de la firma. Ante eso, tuvimos que esperar la llegada de Lagerfeld, con sus pequeñas innovaciones sobre fondo tradicional, sus reinterpretaciones en bucle y, sobre todo, su carisma. Chanel necesitaba de otro personaje uniformado y profundamente original para mantener con dignidad su legado.


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personajón

Christian llevaba muerto décadas cuando Arnault fichó a Galliano. Y el hijo no mató al padre, ni mucho menos, pero se emancipó cuando había que emanciparse. Si pensamos en esa idea problemática del “diseñador-artista” la imagen de Galliano nos viene a la cabeza inmediatamente. Al final, Galliano era Dior y Dior eran las maravillosas idas de pinza perpetradas por Galliano. Su “despido improcedente” puso de manifiesto que la moda busca rentabilidad, no esas ensoñaciones estéticas en las que se basa su discurso. Nadie podía sustituirlo. Todo y todos recordarían su ausencia.

Y llega Raf Simons con su prefall y me hace escribir este turrón de post. Los códigos de Simons son prácticamente opuestos a los de Galliano, pero de repente todo me parece muy coherente. Tras un  par de intentos reguleros pero prometedores, Raf parece haber sabido hacer coincidir sus señas de identidad con los hitos que encumbraron a la casa Dior. Y entonces viene la parte en que me alegro mucho y a la vez me perturbo (que soy muy dada), porque me doy cuenta de que nadie es irremplazable, de que hay diseñadores más artísticos que otros, pero mientras nadie puede ocupar el mismo lugar que un pintor o un escritor célebre, un diseñador puede sustituir a otro.


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parraque de amor

Fíjense en Slimane, dando la vuelta a la marca y recuperando al Yves más callejero y comercial. O en la gran cagada que ha supuesto el paso de Manish Arora por Rabanne y ese desbarajuste moribundo que es hoy Vionnet. Hay que repartir la herencia, pero repartirla con criterio.

El caso es que, si pienso en la moda (muy a grandes rasgos), me vienen a la mente un puñado de marcas centenarias y otro puñado de marcas muertas a las que se les está intentando practicar el milagro de la resurrección. Y puede que sus fundadores sean insustituibles, que nadie pueda reemplazar a Chanel, Dior, Yves, Vionnet o Balenciaga, pero ahora la firma se ha transformado en marca y sus herederos en trabajadores sujetos a auditorías, despidos, bajas y sustituciones.
Los vestidos se meten en museos y los desfiles se critican como se critica una exposición, una película o un libro, pero ni el artista, ni el director ni el autor son (o al menos no de forma tan evidente) piezas de un engranaje empresarial.

Pinault acabará poniendo a jóvenes más o menos talentosos dentro de sus firmas centenarias. En un futuro no muy lejano se cambiará de director creativo cada vez que una sola colección no alcance los beneficios esperados, o sea, una o dos veces al año. Pero las marcas se encargarán de anunciar sus colecciones como si estuvieran hablando de un hito en el mundo del arte, hablaremos del primer desfile de Wang al frente de Balenciaga en términos estéticos y diremos que Ghesquiere es (o era) irremplazable- Yo la primera.

 

Tribulaciones

 

 

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